julio 14, 2024

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La Vida del Santo Padre José María Rubio – Apóstol de Madrid

San José María Rubio Peralta nació el 22 de julio de 1864 en una sencilla familia de agricultores. Fue el mayor de tres hermanos viviendo una infancia tradicional y religiosa en el pueblo de Dalías en Almería (España) donde nació. A los 11 años ingresó en el seminario de Almería y cuatro años después empezó sus estudios sacerdotales, que terminará posteriormente en el Seminario de Madrid con 22 años, siendo ordenado allí sacerdote el 24 de septiembre de 1887 tras haber obtenido la licenciatura en teología y el doctorado en Derecho Canónico.

Su primer destino fue la parroquia de Chinchón, un pueblo de Madrid, trabajando dos años como coadjutor y un año como párroco en el cercano pueblo de Estremera. Durante este tiempo destacó por su vida austera, sus catequesis a los niños y el servicio a los más pobres.

En el año 1893 fue designado como Capellán de las religiosas Bernardas en la iglesia del Sacramento de Madrid, comenzando ya a señalarse por su actividad en los suburbios de la capital con los traperos y modistillas, frecuentando los barrios de Entrevías y la Ventilla donde fundó escuelas, predicaba la Palabra de Dios y formó a muchos cristianos. En esa época ya comenzaba a ser conocido por su labor pastoral en el confesionario. Durante los años de 1890 a 1894 dedicó también su tiempo a la enseñanza, dando clase en el seminario de Madrid de literatura latina, metafísica y teología pastoral.

En el año 1904 realizó un viaje como peregrino a Tierra Santa y Roma que le marcó profundamente tomando la decisión de entrar en la Compañía de Jesús, algo que desde estudiante era un deseo que llevaba interiormente pero que no llegó a hacer realidad hasta la muerte de su protector y mecenas el sacerdote D. Joaquín Torres Asensio. En el año 1908 a la edad de 42 años entra en el noviciado de la Compañía de Jesús en Granada, donde tras su formación en la Compañía, a partir de 1911, es destinado a la casa profesa de Madrid donde desarrollará una intensa vida apostólica hasta prácticamente su muerte, acaecida en Aranjuez el 2 de mayo de 1929. A su funeral acudieron más de dos mil personas, siendo calificado por el arzobispo Eijo y Garay como el “apóstol de Madrid”, proponiéndolo como modelo para el clero de su diócesis.

De su persona se puede decir que todos los que dieron testimonio sobre su vida y su ministerio reconocieron que ya en vida se le consideraba un santo. Él siempre se sintió como “enviado” por Cristo que lo había llamado a trabajar y vivir con Él y como Él, por eso su infatigable actividad brotaba de su experiencia de largas horas pasadas en oración ante el sagrario, en la intimidad con su Señor. Y su acción apostólica y caritativa le nacía de esa primacía a la vida espiritual, a la contemplación de Jesús pobre y humilde que aparece en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y de la que se empapa todo jesuita. De ahí las largas horas de confesionario y de paciente escucha de tantas personas como acudían a él en búsqueda de consejo. También desde ahí toma sentido su presencia en medio de los pobres de los suburbios de Madrid.

Precisamente en ellos reconocía a los preferidos del Señor y a ellos entregó sus energías y su tiempo, pero sobre todo su cariño y su predilección. Sin embargo no se contentó con atender sólo lo urgente, sino que se preocupó del futuro de los jóvenes para los que creó escuelas y preparó maestros laicos que los atendieran. Anunció la buena noticia de Jesús en las calles y plazas con misiones populares, construyó capillas e hizo presente a la Iglesia en medio de la miseria.

Dicen que todos los que a él se acercaban los acogía y atendía por igual y con frecuencia esa acogida se prolongaba en la dirección espiritual, de la que surgía, como exigencia de la fe, la invitación a un servicio a los más desheredados. Así surgieron a su alrededor grupos organizados de hombres y mujeres, como las “Marías de los Sagrarios”, que con una fuerte espiritualidad eucarística, fueron colaboradores de sus numerosas iniciativas a favor de los más necesitados.

Su consigna para la vida fue siempre “hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace”, y podríamos decir que fue lo que marcó el ritmo de su corazón durante su vida de jesuita. Su ejemplo, como el de todo “amigo fuerte” de Dios, nos interpela a seguir amando y sirviéndole desde lo concreto de nuestra vida, como él hizo.

El 6 de octubre de 1985 fue beatificado y posteriormente el 4 de mayo de 2003 canonizado por el Papa Juan Pablo II. Actualmente sus restos reposan en la iglesia de la Residencia que la Compañía de Jesús tiene en Madrid donde acuden a venerarlos gran cantidad de personas agradecidas por los favores recibidos por medio de su intercesión.

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